El síndrome del "no me pasa nada interesante"
Y por qué tu vida cotidiana y la escritura son perfectas compañeras.
"No sé sobre qué escribir. No me pasa nada interesante."
Es la primera frase que aparece de la boca de algunas personas que asisten a mis talleres. Y es curioso, porque a lo largo del taller descubrimos que esas mismas personas han vivido: divorcios, mudanzas, nacimientos, pérdidas, primeros trabajos, migraciones, dictaduras, traiciones y desengaños, conversaciones y momentos que cambiaron para siempre su forma de ver la vida.
Pero nos cuesta darle valor a nuestras propias experiencias, quizás porque nos resultan familiares. Porque crecimos escuchando que lo importante siempre pasa en otro lugar, que los grandes relatos pertenecen a otros. Y así, lo que sentimos, lo que recordamos, lo que pensamos en la cocina mientras se calienta el agua o lo que escribimos a oscuras en la app de notas del móvil, parece no tener peso, no ser suficiente.
La memoria como tema de estudio es algo que me obsesiona desde que migré de Venezuela a España. Mi papá murió hace poco y esa necesidad de escribir acerca de lo que recuerdo, se volvió vital. Escribo sobre mi historia como si estuviera intentando desesperadamente retar al tiempo con el empeño de construir un archivo familiar.
Y la manera en la que comenzó todo esto fue con la búsquedas de algunas palabras:
Las palabras que dejé de usar cuando me cambié de país.
Las palabras que solo se escuchaban en mi casa, las que mi mamá sigue utilizando
Las palabras que usaba mi papá para hablar de mí, que todavía son hilos que utilizo para hablar con él.
Nuestro vivero particular de palabras, como con las semillas, necesita primero desperezarse, abandonar escondrijos y despensas y, poco a poco, comenzar a prepararse para la tierra y la luz. Muchas pueden aparecer de repente, sin esperarlas. Una vez que alguien comienza a recuperar palabras, el cuerpo cambia, el oído se agudiza, la mano se vuelve más rápida. Está más que preparado para cazar esas palabras que se escurren y que comienzan a nacer.
Maria Sánchez - Almáciga
Así con el tiempo, comprendí que la escritura que es más importante para mi no necesita hechos extraordinarios para sostenerse. Que una palabra puede ser una casa. Que una escena cualquiera —una conversación en la cocina, la niebla que cubría la montaña de Caracas, una costumbre heredada— puede contener el mundo entero si aprendemos a mirarla con atención. Escribir se volvió, entonces, un ejercicio de resistencia: contra el olvido, contra la velocidad, contra esa sensación de que tenía que tener otra vida distinta para que mereciera la pena contarla.
Porque lo que realmente importa en una historia no son los hechos en sí.
Lo que la vuelve tuya —lo que la vuelve poderosa— es:
la perspectiva única desde la que la cuentas,
los detalles específicos que solo tú notaste,
las emociones auténticas que despertó en ti,
las conexiones inesperadas que tu mente fue capaz de trazar,
y la honestidad con la que te atreves a revisitarla.
Y este se ha vuelto en el motor central de mis talleres y de todo lo que hago en mirada cursiva: darle valor a la vida cotidiana como una manera de reconocer nuestras experiencias (con todos sus matices) y poder utilizar la escritura como una herramienta para comprender, descargar, revisar y sobre todo: imaginar.
Eso intento sembrar cada vez que acompaño a alguien en un proceso de escritura: la certeza de que no hace falta tener una existencia extraordinaria para tener algo que decir. Que el gesto de sentarse a escribir no necesita permiso, ni título, ni validación externa. Que basta con tener ganas de recordar, de entender, de nombrar.
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Me encanta cómo has contado un bloqueo tan recurrente, Ori, el de "mi vida no es interesante".
Es la mirada, la tuya, la mía, en cursiva, en negrita... ¡Como sea! la que le da color y calor a nuestros escritos.
¡¡Qué verdad lo que dices, Ori!!
A veces pensamos que las vidas de las otras, son más interesantes o fáciles que las nuestras...pero ¿con respecto a qué? Esa es la clave. Nuestras vidas son incomparables, porque nuestras experiencias y lo que hacemos con ellas, también lo son.
¿No os ha pasado alguna vez que os gustaría tener una grabadora en la cabeza, que registrara nuestros pensamientos o emociones de momentos intrascendentes, para luego poderlo llevar al papel, bajarlo a tierra, sembrarlo y que brote un hermoso texto...?
Lo hermoso es enredarnos con lo cotidiano, HABITARLO DE VERDAD:
Estar guisando en la cocina y de repente sentir que es como si manipularas tu propia vida, mezclando los ingredientes del guiso; mirar por la ventana y volar dejándose llevar por nuestros pensamientos hacia donde queramos (¿Existe mayor libertad que eso?); escuchar al mirlo en el jardín y de repente, imaginar que te esta queriendo decir algo; pensar en alguien y al ratito esa persona te llama, o escuchar las voces y las risas de tus nietos, mientras juegan despreocupados en las tardes de verano y tu piensas: Son felices y...no lo saben todavía...
Y entornas los ojos un momento y sientes la respiración...Y te dices a ti misma: luego tengo que escribirlo...
Gracias siempre, Ori, por todo lo que nos compartes, que nos despierta conexiones y palabras